Reconexión (es tiempo de sincronizar nuestros latidos)

Ayer volvíamos de una tarde de lago. Una tarde de fin de verano y curso ya iniciado que, queriendo estirar ese regustillo a vacaciones nos animó a la salida del trabajo a meter toallas y flotadores e irnos a pasar dos horitas nomás al lago. Estábamos los cuatro agotados pero el agua fría del deshielo siempre te despeja y la naturaleza te equilibra con su sola presencia. Al poco de llegar ya estábamos agradeciendo que la fiaca, la modorra y la rutina no nos hubiesen vencido.

Camino al lago pensé en avisar a una vecina con sus hijos, pero, afortunadamente no lo hice. Me encanta ir al lago con amigos y sobre todo con amigos con hijos amigos de mis hijas, hace que la tarde sea súper relajada porque ellos juegan y juegan y una puede descansar aunque sea un poco. Pero hace tiempo que vengo sospechando algo y ayer se me confirmó por completo:

Por la mañana había sido un día difícil. Hija Mayor se despertó emocionalmente muy alterada por la falta de hábito para madrugar después de las vacaciones. Yo tenía prisa por volver al trabajo, Hija Menor no tenía ganas de quedarse en la escuelita… y lograr que esta bomba de relojería que todas y todos vivimos con mucha –demasiada- frecuencia, no explotase y dejase daños colaterales me costó dosis de paciencia al borde del reviente, una sensación de agotamiento y desgaste para todo el día y llegar muy tarde al trabajo. Pero fui capaz de acompañar y al final –tras hora y media jugando en la escuelita- me fui con hija mayor bailando e hija menor saludándome y tirando besos.

No se si os pasa pero a mi, cuando consigo que las cosas salgan bien (no siempre, pero vamos mejorando) me siento agotada, como si se me hubiese gastado toda la energía, pero con la sensación de haber conquistado Troya.

Total, que con este plantel, trabajar a contrarreloj, terminar antes de lo que me hubiese gustado para ir a buscarlas a la escuelita, vuelta a casa muertas de hambre, comer,  no lograr que nadie eche siestas y no morir en el intento, jugar y, al fin, ver a su padre regresar a casa agotado él también, no dejaba más escape que ir al lago. Los inicios de curso, la vuelta al cole y al trabajo son pruebas emocionalmente muy difíciles para todos, pero para ellas, que se han acostumbrado a la ausencia de horarios y a tenerte todo el día cerca, mucho más.

Así que, ahí estábamos, con los últimos rayos de ese sol remolón, la playa casi vacía y nosotros, los cuatro juntos, levantando una casa de piedras y palos que se negaba a mantenerse en pie. Y de repente que la casa se cayese una y otra vez, que hubiese que salir a buscar piedras mayores, recorrer el bosque buscando palitos, darse un baño jugando a la mancha y tomar una merienda con abrigo incluido mirando la puesta de sol, se convirtió en un planazo. Como si correr y nadar y pasear por el bosque, lejos de aumentar nuestro agotamiento, nos hubiese recargado a tope.

Ya en el auto, camino a casa, dije:

-¡Me lo he pasado muy bien! Me encantó esta tarde.

-A mi me encantó la que más –dijo Hija Mayor.

-¿Porqué la que más? –y no pude esconder cierto tintineo de prejuicio ante esa manía de ser siempre la primera,  la que más o la mejor.

-Por que habéis jugado a las escondidas y a la mancha conmigo.

Y a su padre y a mi casi se nos caen los ojos de la sorpresa y del amor. El prejuicio me lo tragué y seguiré aprendiendo a no juzgar. Pero como si fuera una evidencia inevitable, me cayeron las fichas de muchas inquietudes y sospechas acumuladas durante estos 5 años de maternidad.

Cuando Hija Mayor era bebé me llamaba la atención que apenas lloraba desde que yo estuviese sentada junto a ella mirándole. Sus primeros meses de vida casi me vuelven loca… porque desorganizaron mi forma de ser, me obligaron a tomar prioridades y a identificar mi deseo y mi necesidad para poder convivir con ella. Recuerdo que había días que Hija Mayor no lloraba pues lográbamos una conexión brutal, eso sí requería que yo estuviese ahí, mirando. No tenía que hacer nada más, solo mirar y teta a demanda. Ella, aún sin saber girarse, ni sentarse, ¡ni agarrar! Pero lograba comunicarme qué necesitaba. Y pasábamos horas tumbadas mirándonos. Luego fue evolucionando en su motricidad y yo, simplemente observaba –y rogaba que llegase la hora de la siesta para poder saciar mis deseos de escribir y, si daba tiempo, ordenar un poco la casa-. Fue durísimo. Pero no conseguía ni abrir un libro que ella se armaba en llanto.

Había días que no conseguía hacerlo. Tenía una idea que quería plasmar de inmediato o necesitaba un rato para mi. Esos días solían terminar en desastre. En llantos (nuca soporté el llanto de mis hijas) y en desesperos que terminaban con una madre rogando que volviese el padre a casa para salir corriendo, huir, escapar, para hacer algo por sí misma o, al menos, decidir donde colocar la mirada. Me solía reventar volver a casa y encontrármelos a los dos la mar de tranquilos sentados en el sofá dibujando o cada uno con un libro. En perfecta harmonía que, valga decir, se rompía en cuanto yo entraba en casa.

Me pasé años pensando que el problema lo tenía yo. Hasta que entendí que Hija Mayor necesitaba esa mirada porque era su garantía de ser cuidada y amada. Que cuando mis brazos no la sostenían era mi mirada la que le garantizaba que estaba conectada a mi y por lo tanto, a salvo.

A los tres años llegó Hija Menor y claro, esos tiempos de mirarle dedicadamente y en silencio apenas existían porque Hija Mayor seguía ocupando un espacio y una demanda en la familia. Claro, ahora la demanda era otra pero el tiempo a solas con Hija Menor era mucho menos y el tiempo solo para mi (en el que yo también me recargaba) al principio inexistente.

No ser consciente de esta necesidad de mirada o de estar –simplemente estar- hizo que al principio la vida de a cuatro fuese dificil. Aunque pasaba casi todo el día con las dos y todo, absolutamente todo el tiempo con Hija Menor en brazos, no significaba que estábamos juntas, ni conectadas. Y yo también me fui desconectando de ellas y de mi misma. Eso hizo que la maternidad se hiciese más compleja. El segundo puerperio me sumergió en un ser que hasta yo misma desconocía. Tenía sueño, me sentía muy sola, me costaba acompañar a Hija Mayor y sentía que Hija Menor no tenía lo que necesitaba… pero no sabía ni por dónde empezar.

Si en ese momento hubiese tenido la oportunidad de escaparme de casa y refugiarme en cualquier escusa lejos de la maternidad lo hubiese hecho. No podía más. Esto no tiene nada que ver con la necesidad u obligación de ir a trabajar o con sentarse un rato a ver tele, tiene que ver con el desafío de enfrentarte diariamente al encuentro de tres caminos (el tuyo y el de tus hijas) y poder transitarlos sin morir (o enloquecer) en el intento. Hija Mayor: pura explosión energética queriendo actividad, parque, correr, jugar y andar en bici como si yo fuese deportista de élite. Hija Menor: buscando silencio y mirada, tiempo para explorar su cuerpo y su motricidad sin que alguien le pase por encima. Tiempo para comer a su ritmo, tiempo para llegar ella, para sentarse ella… sin nadie que le “ayude” o lo haga por ella. ¿Y yo? ¿Donde quedaba yo? ¿Qué quería yo?

Creo que ni  idea.

Claro, aquí del padre ni hablamos, como si no existiese (y debo confesar que existía como soporte físico, material, pero que yo era incapaz de tener registro de él).

Un día me desperté sin ganas de afrontar el día pero sabiendo que no podía permitirme el lujo de quedarme en la cama. Hija Mayor y Menor ni se lo planteaban. No quedaba otro remedio que cambiar de estrategia.

En ese momento leía todo lo que cayese en mis manos y me encontré con los textos de Laura Gutman y su especial hincapié en la mirada. Me obligué a Mirar a Hija Menor. Al principio pensé que iba a tener que ponerme palillos en los ojos para aguantarme… pero en poco tiempo -de verdad, poco tiempo- empezó su mirada a unirse a la mía por una liga invisible y mi cuerpo volvió a sintonizar… poco a poco.

Esa sintonía me hacía capaz de tener energía para, cuando llegaba papá tener un rato de ir a andar en bici o a correr por la montaña con Hija Mayor y volver las dos descansadas y conectadas.

Esa sintonía me devolvió la capacidad de poder escucharles cuando me piden de mil modos que necesitan estar a solas conmigo y poder darles ese ratito. A veces es una tarde entera en exclusiva, a veces un paseo hasta “la biblio” y vuelta, a veces, simplemente, un ratito de estar en brazos en silencio, sentadas mirando el horizonte, mientras papá baña a su hermana… y así, nos vamos reconectando…

Lo más importante es que yo también necesitaba reconectarme conmigo misma y con mi querido y paciente compañero y padre de ellas. Ese con el que, desde hacía mucho, no conseguía sacar tiempo para charlar, ese que, seguía estando a nuestro lado, agotado también pero dando lo mejor de sí.

Un día, le pedí que se quedase junto a mí sin dibujar ni leer, simplemente quieto, estando uno junto al otro. Le costó bastante, no es facil aprender a estar, pero en seguida no  nos hizo falta ni abrazarnos, ni charlar… es como si nuestro cuerpo se ablandase volviendo a entenderse.

Identificar que hay momentos para todo y que algunos son de pura conexión nos hizo muy, pero que muy bien. Empecé a pedirle a mi compañero estar un ratito juntos, en silencio, mirando al horizonte y eso me devolvió el alma al cuerpo en poco tiempo. La capacidad de poder retomar lo que me correspondía con las condiciones que correspondían: paciencia, entrega y amor. Poder ir a trabajar sin sentirme culpable y entregarme cuando volvía a casa. Tener ratos a solas con cada una de ellas y aprender a identificar cuando estamos bajos de baterías para buscar momentos de reconexión inmediata…

Agregamos a la rutina los momentos exclusivos, pues Hija Mayor sobre todo también necesita de esa conexión con su padre. Hija Menor, en menor medida –también los empieza a pedir y a disfrutar… y sobre todo buscamos momentos de conexión a 4. Recordando que no por estar en el mismo espacio significa que estamos juntos o conectados.

Después de una emoción desmedida o un conflicto (ya sea entre hermanas, entre adultos o de hija a madre/padre o viceversa) también buscamos esos momentos de conexión. Como si nuestros latidos y nuestras respiraciones, necesitasen de ese rato en silencio a solas –a dos quiero decir-, quietas mirando el horizonte o corriendo sacando la frustración acumulada. Así hemos reducido los momentos de rabietas, enfados y estrés, y estamos mucho más en sintonía… hay más escucha.

A veces, cuando ellas todavía no saben identificar qué les sucede tratamos, si se puede, estar simplemente abrazadas hasta que de ellas mismas surgen las palabras o las acciones (en el caso de Hermana Menor sobre todo).

Y ¿porqué me alegro de no haber llamdo a mi vecina para ir al lago? Se preguntarán ustedes… pues porque en este verano también me he ido dando cuenta que aunque Hija Mayor estaría toooodo el día con amigos y rodeada de gente y actividades, al final eso también nos desconecta.

Durante una época casi tenía un pelotero en casa dónde sus amiguitos venían sin parar. No había semana que no hubiesen amigos de ella dos o tres tardes. Más luego las que íbamos a casa de otros amigos y salir a pasear o a la plaza y… muchas actividades que a ella le encantan pero que, si no tenían su tiempo de reconexión al final del día, nos terminaban explotando en las manos. Por más bien que se lo hubiese pasado, su alegría se mezclaba con nuestra ausencia y… rabieta al canto.

Lo mismo me pasa cuando vamos con otros amigos –adultos- o viene alguien a casa, que es tiempo en el que las conversaciones me conectan a otros y si estas se prolongan demasiado… pues terminamos mal. Por eso voy aprendiendo a encontrar pequeños ratos de reconexión emocional: ir a ver a qué juegan y quedarme un rato, preguntarle si todo está bien y ofrecerle que me ayude a preparar la merienda, acompañarle al baño aunque de sobra sabe ir sola para aprovechar ese ratito juntas…

¡Vaya! Este post se ha extendido muchísimo más de lo que era mi idea inicial, pero por más que lo releo no se de donde acotar. Creo que es mejor extenderme y dejar las ideas claras que ser demasiado sintética y quedar con una idea superficial del tema. Si habéis llegado hasta aquí y tenéis ganas de comentar, me gustaría saber si a vosotras os funcionan estos momentos de reconexión o los lográis de otra manera.

¡Gracias!

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